Ana Karenina
Ana Karenina El niño arrugó aún más su carita de viejecillo y estornudó.
Levin, conteniendo con dificultad las lágrimas de enternecimiento que acudían a sus ojos, besó a su mujer y salió de la habitación.
Los sentimientos que le inspiraba aquel pequeño ser eran completamente distintos de lo que él esperaba. No se sentía alegre, y mucho menos feliz. Por el contrario, experimentaba un miedo nuevo y atormentador. Miedo a que Kitty pudiera verse de nuevo en el trance de tener que pasar por los sufrimientos que había pasado. Miedo al nuevo rincón vulnerable que habría a partir de ahora en su vida, en el temor de que aquella criatura hubiese de sufrir. Y este sentimiento era tan fuerte en él que no le dejó percibir la extraña sensación de alegría irracionable mezclada con un orgullo que había experimentado oyendo estornudar al niño.