Ana Karenina
Ana Karenina –Es igual que no me lo digas –le interrumpió Bartniansky– no lo recordarÃa ni harÃa nada de lo que me pides. ¿Por qué te metes en esos asuntos ferroviarios con judÃos? Es un asco…
Esteban Arkadievich no quiso rebatirle esta impresión, explicarle que se trataba de un asunto serio: tenÃa la seguridad de que Bartniansky no le habÃa entendido.
–Necesito dinero… Hay que vivir –le dijo simplemente.
–¿Pero no vives?
–Vivo, pero tengo deudas.
–¿Qué me dices? ¿Muchas? –preguntó Bartniansky, mirando a su amigo con compasión.
–Muchas… Unos veinte mil rublos.
Bartniansky dejó escapar una alegre y sonora carcajada.
–¡Oh, hombre feliz! –dijo–. Yo tengo deudas por millón y medio de rublos; no poseo nada… Y, como ves, aun voy viviendo.
Y Esteban Arkadievich pudo comprobar con los hechos la verdad de aquella afirmación.