Ana Karenina
Ana Karenina Cualquiera, al ver la agilidad de sus movimientos, su vivacidad y la tersura de su cutis, la habrÃa tomado por una muchacha de veinte, de no haber sido por una expresión severa y hasta triste, que impresionaba y subyugaba a Kitty, que ensombrecÃa a veces un poco sus ojos.
Adivinaba que Ana era de una sencillez absoluta y que no ocultaba nada, pero adivinaba también que habitaba en su alma un mundo superior, un mundo complicado y poético que Kitty no podÃa comprender.
Después de comer, Dolly marchó a su cuarto y Ana se acercó a su hermano, que estaba encendiendo un cigarrillo.
–Stiva –le dijo jovialmente, persignándole y mostrándole la puerta con los ojos–. Ve y que Dios te ayude.
Él la comprendió, tiró el cigarro y desapareció detrás de la puerta.