Ana Karenina
Ana Karenina
A la hora de tomar el té las personas mayores, Dolly salió de su cuarto. Esteban Arkadievich no apareció.
Seguramente se había ido de la habitación de su mujer por la puerta falsa.
–Temo que tengas frío en la habitación de arriba –dijo Dolly a Ana–. Quiero pasarte abajo; así estaré más cerca de ti.
–¡No te preocupes por mí! –repuso Ana, procurando leer en el rostro de su cuñada si se había producido o no la reconciliación.
–Quizá aquí tengas demasiada luz –volvió Dolly.
–Te he dicho ya que duermo en todas partes como un tronco, sea donde sea.
–¿Qué pasa? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo del despacho dirigiéndose a su mujer.
Ana y Kitty comprendieron por su acento que la reconciliación estaba ya realizada.
–Quiero instalar a Ana aquí abajo, pero hay que poner unas cortinas –respondió Dolly–. Tendré que hacerlo yo misma. Si no, nadie lo hará.
«¡Dios sabe si se habrán reconciliado por completo!», se dijo Ana, al oír el frío y tranquilo acento de su cuñada.
