Ana Karenina
Ana Karenina
Después de haberse despedido de la Condesa, Sergio Ivanovich y Katavasov, que ya se habían juntado, entraron en el vagón totalmente lleno y el tren se puso en marcha.
En la estación de Zarizino un grupo de jóvenes rodeó el tren cantando: «Gloria al Zar.» Otra vez los voluntarios se mostraron en los vagones y saludaron, pero Kosnichev no detenía ya en ellos su atención. Los conocía tanto, en su tipo real, que lograban ya despertar su atención. En cambio, Katavasov, que, dadas sus ocupaciones, no había tenido ocasión de observar continuamente preguntas a su amigo sobre los voluntarios.
Sergio Ivanovich le aconsejó que pasara a segunda clase y hablara allí personalmente con ellos. Katavasov siguió su consejo.
En la primera parada, pasó a segunda clase y vio a los voluntarios. Cuatro de ellos iban sentados en un rincón del coche, hablando en voz alta, convencidos de que la atención de los viajeros de Katavasov, que acababa de entrar, estaba concentrada en ellos. El joven alto, de pecho hundido, hablaba más fuertemente que ninguno. Parecía estar algo borracho, y explicaba un episodio que le había ocurrido en la escuela. Frente a él se sentaba un oficial no joven ya, con la guerrera austríaca del uniforme de la Guardia.
