Ana Karenina
Ana Karenina
En las largas sombras que a la luz del sol proyectaban la s pilas de sacos sobre el andén, Vronsky paseaba con el largo abrigo puesto, el sombrero calado sobre los ojos, y las manos metidas en los bolsillos.
Cada veinte pasos se detenÃa y daba una rápida vuelta.
Sergio Ivanovich, al aproximársele, creyó notar que Vronsky, aunque le veÃa, fingÃa no reparar en él. Pero tal actitud le dejó indiferente, porque ahora se sentÃa muy por encima de aquellas susceptibilidades.
A sus ojos, Vronsky, en aquellos momentos, era un hombre de importancia para las actividades de la causa y Sergio Ivanovich consideraba deber suyo animarle y estimularle. Asà se acercó a él sin vacilar.
Vronsky se detuvo, le miró, le reconoció, y, avanzando unos pasos hacia él, le dio un fuerte apretón de manos con efusión.
–Tal vez no tenga usted deseos de ver a nadie –dijo Kosnichev–. ¿PodrÃa serle útil en algo?
–A nadie me serÃa menos desagradable de ver que a usted –repuso Vronsky–. Perdone, pero es que no me queda nada agradable en la vida.
