Ana Karenina

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Capítulo 7

 

Agafia Mijailovna salió de puntillas. El aya bajó la cortina, ahuyentó las moscas que se habían introducido bajo el velo de muselina de la camita, logró expulsar a un moscardón que se debatía contra los vidrios de la ventana, y se sentó, agitando una rama de álamo blanco medio marchita sobre la madre y el niño.

–¡Qué calor hace! –comentó–. ¡Si al menos mandara Dios una lluvia!

–Sí. ¡Chist! –repuso Kitty, meciéndose suavemente y oprimiendo con cariño la manecita regordeta –que parecía atada con un hilo a la muñeca–, que Mitia movía sin cesar, abriendo y cerrando los ojos.

Aquella manita atraía a Kitty; habría querido besarla, pero se contenía por temor de despertar al pequeño.

Al fin la mano dejó de moverse y los ojos del niño se cerraron. Sólo de vez en cuando Mitia, sin dejar de mamar, alzaba sus largas y curvas pestañas y miraba a su madre con ojos que a media luz parecían negros y húmedos.

El aya dejó de mover la rama y se adormeció.

Arriba sonaba la voz del Príncipe y se oía a Kosnichev reír a carcajadas.


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