Ana Karenina
Ana Karenina Desde entonces, aunque casi inconscientemente y continuando su vida de antes, Levin no dejó un momento de experimentar aquel temor de su ignorancia. Reconocía, además, vagamente, que las que él llamaba «sus convicciones» no sólo eran producto de la ignorancia, sino que le hacían, además, inaccesibles los conocimientos que tan imperiosamente necesitaba.
Al principio su matrimonio y las obligaciones y alegrías inherentes a él, ahogaron sus meditaciones; pero últimamente, después del parto de su mujer, cuando vivía ocioso en Moscú, aquella cuestión que requería ser resuelta se presentaba ante Levin con redoblada insistencia y cada vez más a menudo.
El problema se planteaba así para él: « Si no admito las explicaciones que da el cristianismo a las cuestiones de mi vida, ¿qué admito?».
Y en todo el arsenal de sus ideas no hallaba ni remotamente la respuesta.
Era como un hombre que en tiendas de juguetes y almacenes de armas buscase alimentos.
Involuntariamente, inconscientemente, buscaba en sus lecturas, en sus conversaciones, en los hombres que le rodeaban, una relación con aquellos problemas y su resolución.