Ana Karenina
Ana Karenina
–¿Sabes a quién ha encontrado tu hermano en el tren, Kostia? –preguntó Dolly, después de repartir a los niños pepinos y miel–. A Vronsky. Va a Servia.
–Y lleva un escuadrón a sus expensas –añadió Katavasov.
–Es una cosa digna de él –dijo Levin–. Pero, ¿es que todavÃa marchan voluntarios? –preguntó, mirando a su hermano.
Sergio Ivanovich, ocupado en sacar del trozo de panal que tenÃa en su plato una abeja viva, pegada a la miel, con la punta de un cuchillo, no le contestó.
-¡Cómo no! ¡Si viera usted los que habÃa ayer en la estación! -repuso Katavasov mordiendo ruidosamente su pepino.
-Pero, ¿cómo es eso? ExplÃquemelo, Sergio Ivanovich. ¿A qué van esos voluntarios y contra quién han de guerrear? -preguntó el viejo PrÃncipe, continuando una conversación iniciada, al parecer, en ausencia de Levin.
-Contra los turcos -contestó Kosnichev, sonriente y tranquilo.
HabÃa logrado librar a la abeja aún viva y ennegrecida de miel que agitaba las pequeñas patas, y con cuidado la pasó de la punta del cuchillo sobre una hoja de olmo.
