Ana Karenina
Ana Karenina
El PrÃncipe y Sergio Ivanovich subieron al cochecillo, mientras que los otros, apresurando el paso, emprendÃan a pie el regreso hacia la casa.
Pero las nubes, unas claras, otras oscuras, se acercaban con acelerada rapidez, y deberÃan correr mucho más si querÃan llegar a casa antes de que descargarse la lluvia.
Las nubes delanteras, bajas y negras como humo de hollÃn, avanzaban por el cielo con enorme velocidad.
Ahora sólo distaban de la casa unos doscientos pasos, pero el viento se habÃa levantado ya y el aguacero podÃa sobrevenir de un momento a otro.
Los niños, entre asustados y alegres, corrÃan delante chillando. Dolly, luchando con las faldas que se le enredaban a las piernas, ya no andaba, sino que corrÃa, sin quitar la vista de sus hijos.
Los hombres avanzaban a grandes pasos, sujetándose los sombreros. Cerca ya de la escalera de la entrada, una gruesa gota golpeó y se rompió en el canalón de metal. Niños y mayores, charlando jovialmente, se guarecieron bajo techado.
–¿Dónde está Catalina Alejandrovna? –preguntó Levin al ama de llaves, que salió a su encuentro en el recibidor con pañuelos y mantas de viaje.
–CreÃamos que estaba con usted.
