Ana Karenina

Ana Karenina

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Eran Kitty y el aya. La lluvia ahora cesó casi del todo. Comenzaba a aclarar cuando Levin corrió hacia ellas. El aya tenía seco el borde del vestido, pero el de Kitty estaba todo mojado y se le pegaba al cuerpo. Aunque no llovía, continuaban en la misma postura que durante la tempestad: inclinadas sobre el cochecito, sosteniendo la sombrilla verde.

–¡Están vivos! ¡Gracias a Dios! –exclamó Levin, corriendo sobre el suelo mojado con sus zapatos llenos de agua.

Kitty, con el rostro mojado y enrojecido, se volvía hacia él, sonriendo tímidamente bajo el sombrero, que había cambiado de forma.

–¿No te da vergüenza? ¡No comprendo que seas tan imprudente!

–Te juro que no tuve la culpa. En el momento en que nos disponíamos a regresar, tuvimos que mudar al pequeño. Cuando terminamos, la tempestad ya… –se disculpó Kitty.

Mitia estaba sano y salvo, bien seco y dormido.

–¡Loado sea Dios! No sé lo que me digo…

Recogieron los pañales mojados, el aya sacó al niño del cochecillo y le llevó en brazos. Levin caminaba junto a su mujer reprochándose la irritación con que le hablara y, a escondidas del aya, apretaba su brazo contra el propio.


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