Ana Karenina
Ana Karenina Kitty, con los brazos remangados, se inclinaba sobre la bañera donde estaba el pequeño jugando con el agua, y al oír los pasos de su marido volvió el rostro hacia él y le llamó con una sonrisa.
Sostenía con una mano la cabeza del niño, que estaba tendido de espalda en el agua, agitando los piececillos, y con la otra, contrayéndola rítmicamente, Kitty oprimía la esponja contra el cuerpo regordete del pequeño.
–¡Mírale, mírale! –dijo cuando su esposo se acercó a ella–. Agafia Mijailovna tiene razón: ya nos conoce…
Era evidente que, desde aquel día, Mitia reconocía a todos los que le rodeaban.
En cuanto Levin se acercó a la bañera le hicieron asistir a un experimento que tuvo un éxito completo.
La cocinera, llamada expresamente, se inclinó hacia el niño, quien frunció las cejas y movió la cabeza negativamente. Luego se inclinó Kitty y el niño sonrió con júbilo, apoyó las manitas en la esponja y produjo con los labios un extraño sonido de contento.
No sólo la madre y el aya, sino hasta el mismo Levin, se entusiasmaron.