Ana Karenina
Ana Karenina Y comenzó a andar, haciendo ademán de llevársela, mientras el dueño de la casa le animaba con su sonrisa.
–No me quedo –repuso Ana, sonriente. Y, a pesar de su sonrisa, los dos hombres comprendieron en su acento que no se quedarÃa.
–He bailado esta noche en Moscú más que todo el año en San Petersburgo y debo descansar antes de mi viaje –añadió Ana, volviéndose hacia Vronsky, que estaba a su lado.
–¿Se va decididamente mañana? –preguntó Vronsky.
–SÃ, seguramente –respondió Ana, como sorprendida de la audacia de tal pregunta.
Su sonrisa y el fuego de su mirada cuando le contestó abrasaron el alma de Vronsky.
Ana Arkadievna se fue, pues, sin quedarse a cenar.