Ana Karenina

Ana Karenina

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Cesó entonces de desear ser otro. Y, satisfecho de sí mismo, sólo deseó ser mejor, Decidió no pensar en la felicidad inasequible que le ofrecía su imposible matrimonio y contentarse con la que le deparaba la realidad presente; resistiría a las malas pasiones, como aquella que se apoderó de él el día en que se decidió a pedir la mano de Kitty.

Se acordó, después, de Nicolás, y resolvió velar por él y estar pronto a ayudarle cuando lo necesitara, cosa que presentía para muy pronto.

La conversación sobre el comunismo sostenida con su hermano, del que Constantino había tratado muy ligeramente, ahora le hacía reflexionar. El cambio de las condiciones económicas presentes le parecía absurdo, pero comparando la pobreza del pueblo con su abundancia personal, resolvió trabajar más para sentirse más justo y permitirse todavía menos gustos superfluos, aunque ya antes trabajaba bastante y vivía con gran sencillez.

Y todo ello se le figuraba ahora tan fácil de hacer que todo el camino se lo pasó sumido en las más gratas meditaciones. Eran las nueve de la noche cuando llegó a su casa, y se sentía animado por un sentimiento nuevo: de la esperanza de una vida mejor.


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