Ana Karenina
Ana Karenina
Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente entre las ruedas del tren y lo anegó todo: personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se abría y cerraba de vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo pavimento de madera crujía bajo sus pies.
La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sierra a los pies de Ana. Se oyó el golpe de un martillo contra el hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas.
–Envíen un telegrama –decía la voz.
Otras voces replicaron, como un eco:
