Ana Karenina
Ana Karenina Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el sombrero y se detuvo un momento, haciendo memoria para recordar si olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer.
«Eso es. ¡Ah, sí!» , se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?»
En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible volver a convertir a su esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle a él en un viejo incapaz de sentirse atraído por las mujeres hermosas.
Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter.
«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse.
Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y luego, con paso rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer.