Ana Karenina
Ana Karenina El criado de Ana, un alemán que había hecho el viaje en segunda clase, fue a recibir órdenes. El marido le había entregado los equipajes antes de dirigirse resueltamente hacia Ana. Vronsky asistió al encuentro de los esposos y su sensibilidad de enamorado le permitió percibir el leve ademán de contrariedad que hiciera Ana al encontrar a Alexis Alejandrovich.
«No le ama, no puede amarle … », pensó Vronsky.
Se sintió feliz al notar que Ana, aunque de espaldas, adivinaba su proximidad. En efecto, ella se volvió, le miró y siguió hablando con su marido.
–¿Ha pasado usted la noche bien, señora? –preguntó Vronsky, saludando a la vez a los dos, y dando así ocasión al esposo de que le reconociese si le placía.
–Muy bien; gracias –repuso ella.
En su fatigado rostro no se dibujaba la animación de otras veces, pero a Vronsky le bastó para sentirse feliz apreciar que los ojos de Ana, al verle, se iluminaban de alegría.
Ella alzó la vista hacia su marido, tratando de descubrir si éste recordaba al Conde. Karenin contemplaba al joven con aire de disgusto y como si apenas le reconociera.