Ana Karenina
Ana Karenina
El primer rostro que vio Ana al entrar en su casa fue el de su hijo, quien, sin atender a su institutriz, corrió escaleras abajo, gritando con alegrÃa:
–¡Mamá, mamá, mamá!
Y se colgó de su cuello.
–¡Ya decÃa yo que era mamá! ––dijo luego a la institutriz.
Pero, como el padre, el hijo causó a Ana una desilusión. En la ausencia le imaginaba más apuesto de lo que era en realidad; y sin embargo era un niño encantador: un hermoso niño de bucles rubios, ojos azules y piernas muy derechas, con los calcetines bien estirados.
Ana sintió un placer casi fÃsico en tenerle a su lado y recibir sus caricias, y experimentó un consuelo moral escuchando sus inocentes preguntas y mirando sus ojos cándidos, confiados y dulces.
Le ofreció los regalos que le enviaban los niños de Dolly y le contó que en Moscú, en casa de los tÃos, habÃa una niña llamada Tania que ya sabÃa escribir y enseñaba a los otros niños.
–Entonces, ¿es que valgo menos que ella? –preguntó Sergio.
–Para mÃ, vida mÃa, vales más que nadie.
–Ya lo sabÃa –dijo Sergio, sonriendo.
