Ana Karenina
Ana Karenina «Es un hombre bueno, leal, honrado y, en su especie, un hombre excepcional», pensaba Ana, volviendo a su cuarto. Pero, mientras pensaba así, ¿no se oía en su alma una voz secreta que le decía que era imposible amar a aquel hombre? Y seguía pensando: «Pero no me explico cómo se le ven tanto las orejas. Debe de haberse cortado el cabello … ».
A las doce en punto, mientras Ana, sentada ante su pupitre, escribía a Dolly, sonaron los pasos apagados de una persona andando en zapatillas, y Alexis Alejandrovich, lavado y peinado y con su ropa de noche, apareció en el umbral.
–Ya es hora de dormir –le dijo, con maliciosa sonrisa, antes de desaparecer en la alcoba.
«¿Con qué derecho la había mirado "él" de aquel modo?», se preguntó Ana, recordando la mirada que Vronsky dirigiera a su marido en la estación.
Y siguió a su esposo. Pero ¿qué había sido de aquella llama que en Moscú animaba su rostro haciendo brillar sus ojos y prestando luminosidad a su sonrisa? Ahora aquella llama parecía haberse apagado o, al menos, estaba escondida.