Ana Karenina
Ana Karenina –¡Caramba, Vronsky, tú aquÃ! –exclamó Petrizky, saltando de su silla–. El señor dueño cae de improviso en su casa… Baronesa: prepárale el café en la cafetera nueva. ¡Qué agradable sorpresa! Y, ¿qué me dices de este nuevo adorno de tu salón? ConfÃo en que te gustará –dijo, señalando a la Baronesa–. Supongo que os conoceréis…
–¡Vaya si nos conocemos! –dijo, sonriente, Vronsky, estrechando la mano de la mujer–. Somos antiguos amigos.
–Me voy –dijo ella–. Vuelve usted de viaje y… Si le molesto, me marcho.
–Está usted en su casa, amiga mÃa, en su casa… Hola, Kamerovsky –añadió Vronsky, estrechando con cierta frialdad la mano del capitán.
–¿Ve usted qué amable? –dijo la Baronesa a Petrizky–. Usted no serÃa capaz de hablar con tanta gentileza.
–Ya lo creo. Después de comer, sÃ.
–Después de comer no tiene gracia. Ea, voy a preparar el café mientras usted se arregla –dijo la Baronesa, sentándose y manipulando cuidadosamente la cafetera nueva.
–Pedro: dame el café; voy a poner más –dijo a Petrizky.
Le llamaba por su nombre propio, sin preocuparse de ocultar las relaciones que le unÃan con él.