Ana Karenina
Ana Karenina Venden contó que llevaba medio año casado. Su joven esposa se hallaba en la iglesia con su madre y, sintiéndose mal a causa de su estado, no pudo permanecer en pie por más tiempo y se fue a casa en el primer coche de alquiler de lujo que encontró.
Al verla en el coche, dos oficiales jóvenes comenzaron a seguirla. Ella se asustó y, sintiéndose peor aún, subió corriendo la escalera. El mismo Venden, que volvía de su oficina, sintió el timbre y voces; salió y halló a los dos oficiales con una carta en la mano.
Él los echó de su casa y ahora pedía al coronel que les impusiera un castigo ejemplar.
–Diga usted lo que quiera, este Petrizky se está poniendo imposible –había manifestado el coronel a Vronsky–. No pasa una semana sin armarla. Y este empleado no va a dejar las cosas así. Quiere llevar el asunto hasta el fin.
Vronsky comprendía la gravedad del asunto, reconocía que en aquel caso no había lugar a duelo y se daba cuenta de que era preciso poner todo lo posible por su parte para calmar al consejero y liquidar el asunto.