Ana Karenina
Ana Karenina –Hoy me han repetido tres veces la misma frase referente a Kaulbach, como puestos de acuerdo. No sé por qué les gusta tanto esa frase.
Este comentario interrumpió aquella conversación y hubo de buscarse un nuevo tema.
–Cuéntanos algo gracioso… pero no inmoral –dijo la mujer del embajador, muy experta en esa especie de conversación frÃvola que los ingleses llaman small–talk, dirigiéndose al diplomático, que tampoco sabÃa de qué hablar.
–Eso es muy difÃcil, porque, según dicen, sólo lo inmoral resulta divertido –empezó él, con una sonrisa–. Pero probaré… Denme un tema. El toque está en el tema. Si se encuentra tema, es fácil glosarlo. Pienso a menudo que los célebres conversadores del siglo pasado se verÃan embarazados ahora para poder hablar con agudeza. Todo lo agudo resulta en nuestros dÃas aburrido.
–Eso ya se ha dicho hace tiempo –interrumpió la mujer del embajador con una sonrisa.
La conversación empezó con mucha corrección, pero precisamente por exceso de corrección se volvió a encallar.
Hubo, pues, que recurrir al remedio seguro, a lo que nunca falla: la maledicencia.