Ana Karenina
Ana Karenina
Alexey Alejandrovich no encontró nada de extraño ni de inconveniente en que su mujer estuviese sentada con Vronsky ante una mesita apartada manteniendo una animada conversación. Pero observó que a los otros invitados sí les había parecido extraño tal hecho y hasta incorrecto, y por ello, se lo pareció también a él. En consecuencia, Alexey Alejandrovich resolvió hablar de ello a su mujer.
De vuelta a casa, Alexey Alejandrovich pasó a su despacho, como de costumbre, se sentó en su butaca, tomó un libro sobre el Papado, que dejara antes allí, y empuñó la plegadera.
Estuvo leyendo hasta la una de la noche, como acostumbraba, más de vez en cuando se pasaba la mano por su amplia frente y sacudía la cabeza como para apartar un pensamiento.
Ana no había vuelto aún. Él, con el libro bajo el brazo, subió a las habitaciones del piso superior.
Aquella noche no le embargaban pensamientos y preocupaciones del servicio, sino que sus ideas giraban en tomo a su mujer y al incidente desagradable que le había sucedido. En vez de acostarse como acostumbraba, comenzó a pasear por las habitaciones con las manos a la espalda, pues le resultaba imposible ir al lecho antes de pensar detenidamente en aquella nueva circunstancia.
