Ana Karenina
Ana Karenina Alexey Alejandrovich calló. Se pasó la mano por la frente y los ojos. En lugar de por el motivo por el que se proponÃa advertir a su mujer de su falta a los ojos del mundo, se sentÃa inquieto precisamente por lo que se referÃa a la conciencia de ella y le parecÃa como si se estrellara contra un muro erigido por él.
–Lo que quiero decirte es esto –continuó, imperturbable y frÃo–, y ahora te ruego que me escuches. Como sabes, opino que los celos son un sentimiento ofensivo y humillante y jamás me permitiré dejarme llevar de ese sentimiento. Pero existen ciertas leyes, ciertas conveniencias, que no se pueden rebasar impunemente.
Hoy, y a juzgar por la impresión que has producido –no fui yo solo en advertirlo, fue todo el mundo–, no te comportaste como debÃas.
–No comprendo absolutamente nada –contestó Ana encogiéndose de hombros.
«A él le tiene sin cuidado» , se decÃa. «Pero lo que le inquieta es que la gente lo haya notado.»
Y añadió en voz alta:
–Me parece que no estás bien, Alexey Alejandrovich.
Y se levantó como para salir de la habitación, mas él se adelantó, proponiéndose, al parecer, detenerla.