Ana Karenina
Ana Karenina
Aquello que constituÃa el deseo único de la vida de Vronsky desde un año a aquella parte, su ilusión dorada, su felicidad, su anhelo considerado imposible y peligroso –y por ello más atrayente–, aquel deseo, acababa de ser satisfecho.
Vronsky, pálido, con la mandÃbula inferior temblorosa, permanecÃa de pie ante Ana y le rogaba que se calmase, sin que él mismo pudiera decir cómo ni por qué medio,
–¡Ana, Ana, por Dios! –decÃa con voz trémula.
Pero cuanto más alzaba él la voz, más reclinaba ella la cabeza, antes tan orgullosa y alegre y ahora avergonzada, y resbalaba del diván donde estaba sentada, deslizándose hasta el suelo, a los pies de Vronsky, y habrÃa caÃdo en la alfombra si él no la hubiese sostenido.
–¡Perdóname, perdóname! –decÃa Ana, sollozando, y oprimiendo la mano de él contra su pecho.
SentÃase tan culpable y criminal que no le quedaba ya más que humillarse ante él y pedirle perdón y sollozar.
Ya no tenÃa en la vida a nadie sino a él, y por eso era a él a quien se dirigÃa para que la perdonase. Al mirarle sentÃa su humillación de un modo fÃsico y no encontraba fuerzas para decir nada más.
