Ana Karenina

Ana Karenina

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Al salir el sol matinal, fundió rápidamente el hielo que flotaba sobre las aguas y el aire tibio se impregnó con las emanaciones de la tierra vivificada. Reverdeció la hierba vieja y brotó en pequeñas lenguas la joven; se hincharon los capullos del viburno y de la grosella y florecieron los álamos blancos, mientras sobre las ramas llenas de sol volaban zumbando pubes doradas de alegres abejas, felices al verse libres de su reclusión invernal.

Cantaron invisibles alondras, vocingleras, sobre el aterciopelado verdor de los campos y sobre los rastrojos helados aún; los frailecicos alborotaban en los cañaverales de las orillas bajas, todavía inundadas de agua turbia. Y, muy altos, volaban, lanzando alegres gritos, las grullas y los patos silvestres.

En los prados mugía el ganado menor, con manchas de pelo no mudado aún. Triscaban patizambos corderitos al lado de sus madres, perdidos ya los vellones de su lana, y ágiles chiquillos corrían por los senderos húmedos, dejando en ellos las huellas de sus pies descalzos.

En las albercas se oía el rumor de las voces de las mujeres, muy ocupadas en el lavado de su colada, a la vez que en los patios resonaba el golpe de las hachas de los campesinos, que reparaban sus aperos y sus arados.

Había llegado, pues, la auténtica primavera.


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