Ana Karenina
Ana Karenina –¡Qué hermoso es esto! Se siente y hasta se ve crecer la hierba –exclamó Levin, viendo una hoja de color pizarra moverse sobre la hierba nueva.
Escuchaba y miraba ora la tierra mojada cubierta de musgos húmedos, ora a «Laska», atenta a todo rumor, ora el mar de copas de árboles desnudos que tenÃa delante, ora el cielo que, velado por las blancas vedijas de las nubecillas, se oscurecÃa lentamente.
Un buitre batiendo las alas muy despacio volaba altÃsimo sobre el bosque lejano; otro buitre volaba en la misma dirección y desapareció. La algarabÃa de los pájaros en la espesura era cada vez más fuerte. Se oyó el grito de un búho. «Laska», avanzando con cautela con la cabeza ladeada, comenzó a escuchar con atención. Al otro lado del arroyo se sintió el cantar de un cuclillo. El canto se repitió dos veces, luego se apresuró y se hizo más confuso.
–¡Ya tenemos ahà un cuclillo! –dijo Esteban Arkadievich saliendo de entre los arbustos.
–Ya lo oigo –repuso Levin, enojado al sentir interrumpido el silencio y con una voz que a él mismo le sonó desagradable–. Ahora, pronto…
Esteban Arkadievich desapareció de nuevo en la maleza y Levin no vio más que la llamita de un fósforo y la pequeña brasa de un cigarro con una voluta de humo azul.