Ana Karenina
Ana Karenina
De vuelta a casa, Levin preguntó detalles sobre la dolencia de Kitty y sobre los planes de los Scherbazky, y aunque le avergonzaba confesarlo, hablar de ello le producÃa satisfacción.
Le satisfacÃa porque en aquel tema sentÃa renacer en su alma la esperanza, y también por la secreta satisfacción que le proporcionaba el saber que también sufrÃa la que tanto le habÃa hecho sufrir a él. Pero cuando su amigo quiso informarle de las causas de la enfermedad de Kitty y nombró a Vronsky, Levin le interrumpió:
–No tengo derecho alguno y tampoco, a decir verdad, interés en entrar en detalles familiares.
Esteban Arkadievich sonrió imperceptiblemente al observar el rápido –y tan conocido para él– cambio de expresión del semblante de Levin, tan triste ahora como alegre un momento antes.
–¿Has ultimado con Riabinin lo de la venta del bosque? –preguntó Levin.
–SÃ, todo ultimado. El precio es excelente: treinta y ocho mil rublos. Ocho mil al contado y los demás pagaderos en seis años. He esperado mucho tiempo antes de decidirme, pero nadie me daba más.
–Veo que lo das regalado.
