Ana Karenina
Ana Karenina –¿Terminaste ya? –preguntó a Esteban Arkadievich al encontrarle arriba–. ¿Quieres cenar?
–No me niego. Se me ha despertado en este pueblo un apetito fenomenal. ¿Por qué no has invitado a Riabinin?
–¡Que se vaya al diablo!
–¡Le tratas de un modo! –dijo Oblonsky–. Ni le has dado la mano. ¿Por qué haces eso?
–Porque no doy la mano a mis criados y, sin embargo, valen cien veces más que él.
–Eres, decididamente, un retrógrado. ¿Y la confraternidad de clases? –preguntó Oblonsky.
–Quien desee confraternizar, que lo haga cuanto quiera. A mà lo que me asquea, me asquea.
–Eres un reaccionario cerril.
–Te aseguro que no he pensado nunca en lo que soy. Soy Constantino Levin y nada más.
–Y un Constantino Levin malhumorado –comentó, riendo, Esteban Arkadievich.
–¡SÃ: estoy de mal humor! ¿Y sabes por qué? PermÃteme que te lo diga: por esa estúpida venta que has hecho.
Esteban Arkadievich arrugó las cejas con benevolencia, como hombre a quien acusan y ofenden injustamente.