Ana Karenina
Ana Karenina –¡Claro! Tú no los has contado y Riabinin sÃ; y después los hijos de Riabinin tendrán dinero para que les eduquen, y acaso a los tuyos les falte.
–Perdona; pero encuentro algo mezquino en eso de contar los árboles. Nosotros tenemos nuestro trabajo, ellos tienen el suyo y es justo que ganen algo. ¡En fin: el asunto está terminado y basta! Ahà veo huevos al plato de la manera que más me gustan. Y Agafia Mijailovna nos traerá sin duda aquel milagroso néctar de vodka con hierbas.
Esteban Arkadievich, sentándose a la mesa, comenzó a bromear con Agafia Mijailovna, asegurándole que hacÃa tiempo que no habÃa comido y cenado tan bien como aquel dÃa.
–Usted dice algo, siquiera –repuso ella–; pero Constantino Dmitrievich nunca dice nada. Si se le diera una corteza de pan por toda comida, tampoco dirÃa ni una palabra.
Aunque Levin se esforzaba en vencer su mal humor, permaneció todo el tiempo triste y taciturno.
Deseaba preguntar algo a su amigo, pero no halló ocasión ni manera de hacerlo.
Esteban Arkadievich habÃa bajado ya a su cuarto, se habÃa desnudado, lavado, se habÃa puesto el pijama y acostado y, sin embargo, Levin no se resolvÃa a dejarle, hablando de cosas insignificantes y sin encontrar la fuerza para preguntarle lo que querÃa.