Ana Karenina
Ana Karenina –¿Si no temes engordar?
–¡Mozo! ¡Jerez! –ordenó Vronsky al criado sin contestar.
Y poniendo el libro al otro lado del plato, continuó leyendo.
El oficial grueso tomó la carta de vinos y se dirigió al joven.
–Escoge tú mismo lo que hayamos de beber –dijo, dándole la carta y mirándole.
–Acaso vino del Rin… –indicó el oficial joven, mirando con timidez a Vronsky y tratando de atusarse los bigotillos incipientes.
Viendo que Vronsky no le dirigía la mirada, el oficial joven se levantó.
–Vayamos a la sala de billar –dijo.
El oficial veterano se levantó, obedeciéndole, y ambos se dirigieron hacia la puerta.
En aquel instante entró en la habitación el capitán de caballería Yachvin, hombre alto y de buen porte. Se acercó a Vronsky y saludó despectivamente, con un simple ademán, a los otros dos oficiales.
–¡Ya le tenemos aquí! –gritó, descargándole en la hombrera un fuerte golpe de su manaza.
Vronsky, irritado, volvió la cabeza. Pero en seguida su rostro recuperó su habitual expresión suave, tranquila y firme.