Ana Karenina
Ana Karenina Vronsky, aunque nunca le hablara de su amor, sabÃa que Yachvin estaba al corriente de todo y que tenÃa el concepto que debÃa tener. y le gustaba leerlo en los ojos de su amigo.
–¡Ah! –exclamó Yachvin cuando Vronsky le hubo dicho que habÃa estado en casa de los Tversky.
Brillaron sus ojos negros. se cogió el extremo izquierdo de su bigote y se lo metió en la boca, según la mala costumbre que tenÃa.
–Y tú, ¿qué hiciste ayer? ¿Ganaste? –preguntó Vronsky.
–Ocho mil. Pero con tres mil no puedo contar. No van a pagármelos.
–Entonces no importa que pierdas apostando por mà –dijo Vronsky, riendo, pues sabÃa que su amigo habÃa apostado una fuerte suma a su favor en aquellas carreras.
–No perderé. Tu único enemigo de cuidado es Majotin.
Y la conversación pasó a las carreras, único tema que aquel dÃa podÃa interesar a Vronsky.
–Bien, ya he terminado –dijo éste.
Y, levantándose, se dirigió a la puerta.
Yachvin se levantó también, estirando sus largas piernas y su ancha espalda.