Ana Karenina
Ana Karenina
Vronsky ocupaba en el campamento una isba finesa, muy limpia y dividida en dos departamentos.
En el campamento, Petrizky vivÃa también con él. Cuando Vronsky y Yachvin entraron, Petrizky dormÃa aún.
–Levántate; ya has dormido bastante –dijo Yachvin pasando al otro lado del tabique y sacudiendo por los hombros al desgreñado Petrizky, que dormÃa con la cabeza hundida en la almohada.
Petrizky se incorporó bruscamente sobre las rodillas y miró a su alrededor.
–Ha estado aquà tu hermano –dijo a Vronsky–. Me despertó. ¡El diablo le lleve! Ha dicho que volverÃa.
Y atrayendo otra vez la manta hacia sÃ, apoyó la cabeza en la almohada.
–Déjame en paz, Yachvin –dijo a éste, que insistÃa en tirar de la manta–. Déjame… –dio media vuelta y abrió los ojos–. Y si no, vale más que digas esto: ¿qué me convendrÃa beber ahora? Tengo en la boca un sabor tan malo que…
–Lo mejor será beber vodka –contestó Yachvin con su voz de bajo–. ¡Tereschenko, trae vodka y pepinos salados para el señor!. –gritó al ordenanza.
