Ana Karenina
Ana Karenina –¿Qué?
–DeberÃas cortarte el cabello. Pesa demasiado. Sobre todo el de la calva.
Realmente Vronsky se estaba quedando calvo antes de tiempo. Él rió jovialmente, enseñando sus dientes apretados, y, cubriéndose la calva con la gorra, salió y se sentó en el coche.
–¡A la cuadra! –ordenó.
Y sacó las cartas para leerlas, pero cambió de opinión a fin de no distraerse antes de ver el caballo.
«Las leeré después», pensó.