Ana Karenina
Ana Karenina –Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa.
«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo» , pensó sonrojándose, lo que le sucedÃa en raras ocasiones.
El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió:
–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada.
All rigth –repuso Vronsky sonriendo.
Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf.
Apenas habÃan andado algunos pasos, el nublado que desde la mañana amenazaba descargar se resolvió en un aguacero.
«Malo», pensó Vronsky, bajando la capota del carruaje. «Si ya sin esto habÃa barro, ahora el campo será un verdadero cenagal.»
Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó.
¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, encontraban necesario mezclarse en los asuntos de su corazón. Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces.