Ana Karenina
Ana Karenina
Todos expresaban su desaprobación en voz alta, repitiendo la frase lanzada por alguien.
–Después de eso, no falta ya más que el circo romano…
El horror se habÃa apoderado de todos, por lo cual el grito de espanto que brotó de los labios de Ana en el momento de la caÃda de Vronsky no sorprendió a nadie: no tenÃa nada de extraordinario. Pero al poco, su rostro expresó un sentimiento más vivo de permitido por el decoro,
Perdido por completo el dominio de sÃ, comenzó a agitarse como un ave en la trampa, ya queriendo levantarse para ir no se sabÃa adónde, ya dirigiéndose a Betsy y diciéndole:
–Vámonos, vámonos.
Pero Betsy, inclinada, hablaba con un general y no la oÃa.
Alexey Alejandrovich se acercó a Ana y le ofreció el brazo galantemente.
–Vayámonos, si quiere –dijo en francés.
Ana escuchaba al general y no reparó en su marido.
–Dicen que se ha roto la pierna. ¡Eso es una barbaridad! ––comentaba el general.
