Ana Karenina

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–No. Pregúntaselo a quien quieras –respondió Constantino Levin–. El campesino culto es mucho peor como operario. No saben ni arreglar los caminos… y en cuanto arreglan los puentes los roban…

–De todos modos… –insistió Sergio Ivanovich.

Y frunció las cejas. No le gustaban las contradicciones, y menos las que saltaban de un tema a otro, presentando nuevas demostraciones inconexas, sin saber nunca a cual contestar.

–De todos modos, no se trata de eso. Permíteme… ¿Reconoces que la instrucción es beneficiosa para el pueblo?

–Lo reconozco –dijo Levin impremeditadamente.

Y en seguida comprendió que había dicho una cosa que no pensaba. Reconoció que, admitido aquel postulado, podía replicársele que entonces decía necedades, cosas sin sentido. Cómo se le pudiera demostrar no lo sabía, pero estaba seguro de que iba a demostrársele lógicamente y se dispuso a recibir tal demostración.

Y fue mucho más sencilla de lo que esperaba.

–Si reconoces que es un bien –dijo Sergio Ivanovich–, entonces, como hombre honrado, no puedes dejar de simpatizar con esa obra y no puedes negarte a trabajar para ella.


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