Ana Karenina
Ana Karenina Sergio Ivanovich se encogió de hombros, expresando en este gesto su sorpresa porque salieran a relucir en su discusión aquellas ramas de abedul, aunque comprendió en seguida lo que su hermano quería dar a entender.
–Perdóname, pero de este modo no se puede hablar ––observó.
Pero Constantino Levin quería disculparse de aquel defecto de su indiferencia hacia el bien común y continuó:
–Creo que ninguna actividad puede ser práctica si no tiene por base el interés personal. Esta verdad es filosófica ––dijo con energía, repitiendo esa última palabra como subrayando que también él, como todos, tenía derecho a usarla.
Sergio Ivanovich sonrió otra vez.
«También él tiene una filosofía propia: la de servir sus inclinaciones», pensó.