Ana Karenina
Ana Karenina
El asunto personal que preocupaba a Levin durante su conversación con su hermano era el siguiente: cuando el año pasado, habiendo ido Levin a la siega, se enfadó con su encargado, empleó su medio habitual de calmarse: coger una guadaña de manos de un campesino y ponerse a segar.
El trabajo le gustó tanto que algunas veces se puso espontáneamente a guadañar; segó todo el prado frente a la casa, y este año, ya desde la primavera, se había formado el plan de pasar días enteros guadañando con los campesinos.
Desde que había llegado su hermano, Constantino Levin no hacía más que pensar si debía hacer lo proyectado o no. No le parecía bien dejarlo durante días enteros y además temía que se burlara de él.
Pero mientras pasaba por el prado, al recordar el placer que le producía manejar la guadaña, resolvió hacerlo. Y tras la disputa con su hermano volvió a recordar su decisión.
«Necesito ejercicio físico», pensó. «De lo contrario, se me agria el carácter.»
Resolvió, pues; tomar parte en la siega, aunque pareciera incorrecto con respecto a su hermano, y miráralo la gente como lo mirara.
