Ana Karenina
Ana Karenina Levin iba entre ambos. A la hora de más calor, el trabajo no le pareció tan difícil. El sudor que le bañaba le producía cierto frescor y el sol que le quemaba las espaldas, la cabeza, los brazos, arremangados hasta el codo, le daba más vigor y más tenacidad en el esfuerzo. Cada vez eran más frecuentes los momentos en que trabajaba como sin darse cuenta, y la guadaña parecía entonces que segase por sí sola. Eran momentos de dicha, más dichosos aún cuando, al acercarse al río en el que terminaba el prado, el viejo secaba la guadaña con la hierba espesa y húmeda, lavaba el acero en el río y, llenando de agua su botijo, se lo ofrecía a Levin.
–¿Qué me dice usted de mi kwass ? ¡Es bueno! ¿Eh? ––decía el viejo guiñando el ojo.
Y, efectivamente, nunca había tomado Levin bebida más agradable que aquel agua tibia en la que flotaban hierbas y con el regusto del hierro oxidado del botijo.
Luego seguía el agradable y lento paseo, con la guadaña en la mano, durante el cual podía enjugarse el sudor, respirar a pleno pulmón, contemplar la amplia línea de los segadores, mirar el bosque, el campo, cuanto le rodeaba…