Ana Karenina

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En la cocina faltaban ollas de metal y calderos para la colada en el lavadero, y en el cuarto de las criadas no había ni mesa de planchar.

Los primeros días, Daria Alejandrovna, que en lugar del reposo y la tranquilidad que esperaba se encontraba con tan gran número de dificultades y que ella veía como calamidades terribles, estaba desesperada: luchaba contra todo con todas sus energías, pero tenía la sensación de encontrarse en una situación sin salida y apenas podía contener sus lágrimas.

El encargado, un ex sargento de caballería al que Esteban Arkadievich había apreciado mucho, tomándole de portero en atención a su porte arrogante y respetuoso, no compartía en nada las angustias de Dolly ni la ayudaba en cosa alguna, limitándose a decir, con mucho respeto:

–No puede hacerse nada, señora… ¡Es tan mala la gente!

La situación parecía insoluble. Mas en casa de Oblonsky, como en todas las casas de familia, había un personaje insignificante pero útil a imprescindible: Matrena Filimonovna. Ella calmó a la señora asegurándole que «todo se arreglaría» (tal era su frase, que Mateo había adoptado). Además, Matrena Filimonovna sabía obrar sin precipitarse ni agitarse.


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