Ana Karenina

Ana Karenina

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Tranquila, con sus seis hijos, no le era posible estarlo en realidad. Uno enfermaba, otro podía enfermar, al tercero le faltaba alguna cosa, el cuarto daba indicios de mal carácter, etcétera.

Los períodos de tranquilidad eran, pues, siempre muy cortos y muy raros.

Pero tales preocupaciones y quehaceres constituían la única felicidad posible para Daria Alejandrovna, ya que, de no ser por ellos, se habría quedado sola con sus pensamientos sobre su marido, que no la amaba.

Por otro lado, aparte de las enfermedades y de las preocupaciones que le causaban sus hijos y del disgusto de ver sus malas inclinaciones, los mismos niños la compensaban también de sus pesares con mil pequeñas alegrías.

Cierto que esas alegrías eran tan minúsculas y poco visibles como el oro en la arena y que en algunos momentos ella sólo veía el pesar, sólo la arena; pero en otros, en cambio, veía únicamente la alegría, únicamente el oro.

Ahora, en la soledad del pueblo, reparaba más en tales alegrías. A menudo, mirando a sus hijos, hacía esfuerzos para convencerse de que se equivocaba y de que, como madre, era parcial al apreciar sus cualidades.


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