Ana Karenina
Ana Karenina
Cuando el profesor se hubo ido, Sergio dijo a su hermano: –Celebro que hayas venido. ¿Por mucho tiempo? ¿Y cómo van las tierras?
Levin sabÃa que a su hermano le interesaban poco las tierras, y si le preguntaba por ellas lo hacÃa por condescendencia. Le contestó, pues, limitándose a hablarle de la venta del trigo y del dinero cobrado.
HabrÃa querido hablar a su hermano de sus proyectos de matrimonio, pedirle consejo. Pero, escuchando su conversación con el profesor y oyendo luego el tono de protección con que le preguntaba por las tierras (las propiedades de su madre las poseÃan los dos hermanos en común, aunque era Levin quien las administraba), tuvo la sensación de que no habrÃa ya de explicarse bien, de que no podÃa empezar a hablar a su hermano de su decisión, y de que éste no habrÃa de ver seguramente las cosas como él deseaba que las viera.
–Bueno, ¿y qué dices del zemstvo? –preguntó Sergio, que daba mucha importancia a aquella institución.
–A decir verdad, no lo sé.
–¿Cómo? ¿No perteneces a él?
–No. He presentado la dimisión –contestó Levin– y no asisto a las reuniones.
–¡Es lástima! –dijo Sergio Ivanovich arrugando el entrecejo.
