Ana Karenina
Ana Karenina
Ni aun los más allegados a Alexey Alejandrovich sabÃan que aquel hombre de aspecto tan frÃo, aquel hombre tan razonable, tenÃa una debilidad: no podÃa ver llorar a un niño o a una mujer. El espectáculo de las lágrimas le hacÃa perder por completo el equilibrio y la facultad de razonar.
El jefe de su oficina y el secretario lo sabÃan y, cuando el caso se presentaba, avisaban a los visitantes que se abstuvieran en absoluto de llorar ante él si no querÃan echar a perder su asunto.
–Se enfadará y no querrá escucharles –decÃan.
Y, en efecto, en tales casos, el desequilibrio moral producido en Karenin por las lágrimas se manifestaba en una imitación que le llevaba a echar sin miramientos a sus visitantes.
–¡No puedo hacer nada! ¡Haga el favor de salir! –gritaba en tales ocasiones.
Cuando, al regreso de las carreras, Ana le confesó sus relaciones con Vronsky a inmediatamente, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar, Alexey Alejandrovich, a pesar del enojo que sentÃa, notó a la vez que le invadÃa el desequilibrio moral que siempre despertaban en él las lágrimas.
