Ana Karenina

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Plegó y alisó la carta con la grande y pesada plegadera de marfil, la puso en un sobre, en el que metió el dinero, y llamó con la particular satisfacción que le producía el adecuado empleo de sus bien ordenados útiles de escritorio.

–Llévala al ordenanza para que la entregue mañana a Ana Arkadievna en la casa de verano –dijo, levantándose.

–Bien. ¿Tomará vuecencia el té en el gabinete?

Alexey Alejandrovich ordenó que llevasen el té allí y, jugueteando con la plegadera, se dirigió a la butaca junto a la que había una lámpara y a su lado el libro francés que había empezado a leer, relativo a inscripciones antiguas.

Sobre la butaca, en un marco dorado, pendía el magnífico retrato de Ana hecho por un célebre pintor.

Alexey Alejandrovich lo miró. Los ojos impenetrables le miraban burlones, insolentes, como en aquella última noche en la que habían tenido la explicación.


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