Ana Karenina
Ana Karenina
Aunque Ana contradecía a Vronsky con terca irritación cuando él le aseguraba que la situación presente era insostenible, en el fondo de su alma también ella la consideraba falsa y deshonrosa y de todo corazón deseaba modificarla.
Al volver de las carreras con su marido, en un momento de excitación se lo contó todo, y, pese al dolor que experimentara al hacerlo, se sintió aliviada. Cuando Karenin se hubo ido, Ana se repetía que estaba contenta; con todo ahora aclarado, ya no necesitaría de engañar y fingir. No dudaba que su posición quedaría ya, a partir de ahora, definida establecida; quizá mala, pero definida, y en ella no habría más sombras ni engaños.
El daño que se había causado a sí misma y el que causó a su marido al decirle aquellas palabras sería recompensado por la mayor claridad en que habían quedado sus relaciones.
Cuando aquella misma noche se vio con Vronsky, no le contó lo sucedido entre ella y su marido, aunque habría debido decírselo para definir la situación.
Al despertar a la mañana siguiente, pensó antes que nada en lo que le había dicho a su marido, y le parecieron tan manera duras y terribles sus palabras que no podía comprender cómo se había decidido a pronunciarlas.
