Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿La contestación? ––dijo Ana–. ¡Ah, sí! Que espere. Ya avisaré.

«¿Qué escribiré?», pensaba. «¿Qué puedo decidir por mí misma? ¿Sé yo acaso lo que quiero ni lo que deseo?»

Otra vez le pareció que su alma se desdoblaba. Asustada de aquel sentimiento, se aferró al primer pretexto de actividad que se le ofrecía para no pensar en si misma.

«Debo ver a Alexey», se dijo mentalmente, refiriéndose a Vronsky, al que siempre llamaba así», «él podrá decirme lo que conviene hacer. Iré a casa de Betsy. Quizá le vea allí».

Olvidaba en absoluto que el día antes le había dicho a Vronsky que no iría a casa de la princesa Tverskaya y que él había contestado que en tal caso no iría tampoco.

Se acercó a la mesa y escribió a su marido.

«He recibido su carta–. A.»

Y llamando al lacayo, le dio la carta.

–Ya no nos vamos ––dijo a Anuchka cuando ésta entró.

–¿Definitivamente?

–No; no deshagan los paquetes hasta mañana, y que me reserven el coche ahora. Voy a casa de la Princesa.

–¿Qué vestido debo preparar?


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