Ana Karenina

Ana Karenina

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Mientras se quitaba el abrigo en el recibidor, Ana oyó que el lacayo decía, pronunciando las en es a la manera de las personas distinguidas:

–Para la señora Princesa, de parte del señor.

Ella habría querido preguntarle dónde estaba ahora su señor; habría querido volverse y darle una carta pidiendo a Vronsky que fuese a su casa o bien ir Ana misma a casa de él. Pero nada de lo que pensaba podía hacerse, porque ya sonaba la campanilla anunciando su llegada y ya el criado de la Princesa se colocaba, de pie, junto a la puerta abierta, esperando que Ana entrase en las habitaciones interiores.

–La Princesa está en el jardín. Ahora mismo la avisan. ¿Acaso la señora desea pasar al jardín? ––dijo otro lacayo en la siguiente estancia.

Sentía la misma impresión de inseguridad y vaguedad que sintiera en su casa. Era imposible ver a Vronsky; había que continuar aquí, en esta sociedad tan ajena y distante de su estado de ánimo.

Ana llevaba el vestido que sabía que le sentaba mejor; no estaba sola; le rodeaba ese ambiente de ociosidad suntuosa que le era habitual, y en ella se sentía más a gusto que en su casa, pues aquí no tenía que discurrir sobre lo que había de hacer. Aquí todo se hacía solo.


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