Ana Karenina
Ana Karenina
La vida de Vronsky era tanto más feliz cuanto que poseía un código particular de reglas que definían lo que debía y no debía hacer.
Este código contenía las reglas en un número muy limitado, y Vronsky, dentro de ese círculo, no vacilaba un momento en hacer lo que debía.
Sus reglas definían claramente que debía pagar a los fulleros y no al sastre; que no debía mentir a los hombres, aunque sí podía mentir a las mujeres; que no era lícito engañar a nadie, mas sí a los maridos; que era imposible perdonar las ofensas y que estaba permitido ofender, etc. Tales reglas podían ser ilógicas y malas, Pero eran concretas, y Vronsky, cumpliéndolas, se sentía tranquilo y con derecho a llevar la cabeza muy alta.
Pero últimamente, a causa de sus relaciones con Ana, Vronsky empezaba a notar que el código de sus reglas de vida no preveía todas las posibilidades y que se le presentaban en el futuro complicaciones y dudas, y que para vencerlas no hallaba el halo conductor que le guiara.
Sus relaciones del momento con Ana y su marido se le aparecían sencillas y claras, y el código que le servía de norma las definía con precisión.
