Ana Karenina
Ana Karenina Mandó, pues, la silla sin respuesta, convencido de que procedía mal, y al día siguiente, dejando los asuntos de la finca, que tan ingratos le eran ahora, en manos de su encargado, se fue a ver a su amigo Sviajsky, que vivía en un distrito provincial muy alejado, poseía unos espléndidos pantanos, llenos de chochas, y el cual le había escrito hacía poco pidiéndole que cumpliese su promesa de ir a visitarle.
Las chochas de los pantanos del distrito de Surovsk tentaban a Levin desde mucho atrás, pero, absorto en los asuntos de su finca, había aplazado siempre el viaje. Ahora le placía ir allí, huyendo de la vecindad de las Scherbazky y de las actividades de su hacienda, para entregarse a la caza, que en sus pesares había sido siempre el mejor consuelo.